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20 agosto, 2025He leído todas sus cartas y no he podido evitar pensar en un puzle donde encajar las piezas, algunas de ellas en lugar diferente donde parecían colocadas en una primera lectura. Debo decirle que, y no es un halago, al principio resulta fácil seguirle, escribe mientras piensa y la redacción es de línea clara como el pianista vertiginoso que hace sonar audible cada nota en una melodía armoniosa, en su argumentación no caben contradicciones y sobre todo es sincera; mientras el libro está abierto todo es luminoso… pero al cerrarlo, al quedarme solo, los vacuos abismos de la incertidumbre se van cerrando o abriendo en mi conciencia como en un laberinto… lo complejo se hace más sencillo pero da miedo, ¿la luz al final del túnel también estará para mi?. Perdone mi atrevimiento, lo creo preferible a un exceso de celo donde los escrúpulos podrían malinterpretarse como desinterés, es inevitable algo de impostura cuando uno expresa sus propios pensamientos, es todo lo contrario de lo que usted en su conocida afabilidad pretendería, sin duda, pero le aseguro que también resulta ajeno a mi intención, he corregido lo que he escrito mil veces.
Otro amigo suyo decía que el tiempo ni se detiene ni tropieza, pero en sus escritos parece detenido, quizá porque ya no importa. Cuando escribió a Malcolm puede que supiese que ya tenía su lugar preparado… usted volvió a escribir la carta XXII, la amplió. Y aquí juega con ventaja. A lo largo de toda su vida nunca sucumbió a la negación del mundo, y eso que vislumbró como nadie la versión más negra y oscura de la condición humana (¿Screwtape da más miedo que Wormwood?). Pero precisamente para no quedarse en ella, siempre aspiró a los retazos de luz divina del aquí y ahora, «el primer sabor del aire cuando miro por la ventana», «la suavidad de las zapatillas a la hora de acostarse», la sensibilidad como transparencia permite así percibir este mundo en el otro (sí, no al revés), antes que la razón y la fe … lo más alto no se sostiene sin lo más bajo. Incluso entre las perplejidades de nuestra vida, entre padecimientos, angustias y frustraciones, en nuestro «cotidiano valle de lágrimas», tenemos un respiro, en los descansos momentáneos de nuestra vida (escuchar música, leer, pasear, jugar al fútbol o construir castillos en el aire), respondemos a nuestra vocación más íntima y gozamos ya de los momentos de la gloria futura.
Debo decirle que no he encontrado mejor definición de la moral que la suya, usted se acoge como punto de partida a la definición de «gozo» de Aristóteles, como «florecimiento de una acción no obstaculizada»; y sigue con la argumentación; si las acciones por las que hemos sido creados o por la que existimos, si aquello que el hombre puede hacer y decir de una manera espontánea ejerciendo su libertad y (para un cristiano por la gracia divina) encuentra obstáculos, bien sea en el mal propio o ajeno, la única forma de superarlo sería través del deber, la obediencia. Otra forma de expresarlo podría ser que las acciones dirigidas por nuestras voluntades y deseos no siempre coinciden con los resultados de nuestras pretensiones más auténticas, con trayectorias vitales no cumplidas o solo de manera deficiente. Esto aplicado a la vida social nos conduce a la razón de ser del Derecho y la coercibilidad de las normas; para salvaguardar la convivencia (lo siento como abogado no he podido evitar la tentación; Owen Barfield tendría algo que decir al respecto). La pregunta es obvia ¿para qué hemos sido creados o, si se prefiere mantener al margen la religión, para qué existimos?; la pregunta es una tautología, en la vida concreta, la de cada cual única e irrepetible, se decide y actua en una circunstancia no intercambiable, (y aquí transitamos de la mano con Heidegger y cómo no de Ortega y Gasset). Ni siquiera una visión determinista que pretendiera reducirnos a categorías o leyes universales (en virtud de las situaciones económicas, experiencias infantiles, herencia biológica, etc), tras asociar ideas generales comunes derivadas de la observación de hechos «idénticos» en el comportamiento de otros congéneres, eludiría el problema; no se puede evitar la impredecibilidad de la conducta humana donde siempre, siempre, hay un margen de libertad, como mínimo «el que nos tomemos». Es el reino de la moral… la pregunta siempre seguiría en pie, hay un mundo para el que existimos y/o para el que hemos sido creados, y en el que queramos o no estamos impelidos a tomar decisiones. Nos queda el gozo de la vida eterna ahora vislumbrada o, en el mejor de los caso, la banalidad.
Una vez más me he extraviado en el laberinto y temo no poder continuar, me falta imaginación. La carta XXII no termina así, pretendo seguir un hilo que usted se saltó. Dice el también amigo J. Marias «La maravillosa riqueza y concreción de la vida humana personal» tal y como le hemos vivido o la estamos viviendo, no debería perderse por el hecho de morir, un mundo que ha sido habitado por Dios debe ser condición del otro, no puede desaparecer en la nada. Como buen inglés usted lo dice de otra forma, pero intuyo que es lo mismo, sugiere que la resurrección de la carne debería ser la de los sentidos, no la mera memoria evanescente de experiencias sensoriales pasadas reproducidas por la eternidad (valde bonum). Unamuno le daría también la razón. Es curioso el alma se lleva el cuerpo consigo con todo dentro menos las inmundicias que nos atormentan; se podrá seguir percibiendo con los sentidos sublimados todas nuestras experiencias sensibles no solo todo lo por venir sinos las pasadas que no se perderán, y con todos, seres queridos y amigos que perdimos los recuperáremos y en todas sus etapas vitales, y ¿por qué no?, toda la historia rediviva y sus personajes redimidos (como presagiaba Azorín en sus libros), en una unidad más allá del tiempo que perderá su carácter lineal. Es lo que hacemos todos los días con nuestros recuerdos, viajamos al pasado para deleitar nuestra memoria, pero llegará el día que «lo que fue esparcido como algo efímero surja como algo permanente».
¿Y mientras tanto?. No sé en qué medida resulta posible vivir con humildad y sinceridad la posibilidad de la transcendencia solo en el recinto privado y sagrado de nuestra conciencia, desplegando hacia los demás una caridad justa y compasiva de manera silenciosa según nuestras posibilidades, cada vez más limitadas; (larvatus prodeo) …. ¿es una tentación o una bendición?. Usted fue combativo en el ámbito intelectual, como Chesterton lo fue antes, y la guerra sigue siendo la misma, lamento decirle que no han dejado herederos de su altura. En todo caso la opción de volver, como pretenden algunos, a un cristianismo arcaizante lleno de adherencias del pasado e instalado en la jactancia y banalidad del fundamentalista religioso que expresa ufano una doctrina más o menos teórica o conceptual «henchido de razón» sin pretender siquiera asumir vitalmente la fe, ya no es posible ni por supuesto deseable. El maestro Eckhart aconsejaba pensar lo que se quiere ser, antes de lo que se quiere hacer o decir. El pensar o hablar de religión no nos hacer mejores ni superiores, pero nos impide olvidar que estamos bajo constante presencia y mirada de Dios, el deseo de penetrar algo de su infinitud debe ser nuestro anhelo.
Espero no haberlo importunado, y si me lo permite volveré a escribirle en otra ocasión.
Yours, ….
(C. S. Lewis terminó de escribir «Cartas a Malcolm» en abril de 1963, pocos meses antes de morir. Se trata de su última obra, la escribió ya enfermo, y creo que en parte es la culminación de su pensamiento. Inicialmente se podría considerar como un ensayo centrado en un tema concreto, la oración; una reflexión sobre el contrasentido del hombre que si bien se dirige en plegaria, acción de gracias o adoración a Dios, personal, providente, que vela y cuida por sus criaturas y sin embargo obtiene como única aparente respuesta el «silencio», las llamadas «plegarias desatendidas». El libro se encuentra en la misma línea de otro suyo sobre los salmos, ninguno de ellos propiamente apologético, y por tanto sin pretensiones explícitas de propagar, justificar la doctrina cristiana. Podríamos decir es una obra para personas ya creyentes, aunque sus fundamentos religiosos sean tambaleantes, no resulta fácil enfrentarse al día a día instalados en una perspectiva cristiana cuando conceptual y socialmente el mundo circundante es ajeno cuando no hostil a su doctrina, mientras además las aflicciones y las angustias de nuestra vida no corroboran nuestra esperanza. Es una obra si cabe más plenamente actual que cuando se escribió
Curiosamente es una ficción. Recrea un epistolario entre dos personajes narrado desde el punto de vista de uno de ellos; que bien podemos fácilmente imaginar que es un alter ego de C. S. Lewis, la personalidad del receptor de las cartas, Malcolm, solo se vislumbra por las referencias del emisor, pero ¿quién es?. El autor bromeaba cuando le interrogaban al parecer frecuentemente al respecto; Walter Hooper (recién designado su secretario en julio de 1963) le preguntó si tenía un referente en alguien real y el espetó socarrón «¡Tú también…NO!….. La única mención que hizo fue en una carta dirigida a a la señora Jeannette Hopkins el 12 de octubre de 1963, y es igual de elusiva: «Creo que mantener a los lectores en la incógnita es mejor publicidad que la respuesta que yo pueda dar». En realidad Malcolm es solo un nombre, no cambia nada quien fuera, obviamente quien conozca las preferencias intelectuales de Lewis no puede dejar de pensar en George Macdonald, escritor británico del siglo XIX quien escribió una novela precisamente con ese nombre, Malcolm, donde se relata las peripecias de un humilde y afable pescador de las costas de Escocia que resulta ser hijo de un conde. Más allá del tópico de hombre pobre – hombre rico, son las menudencias de la vida cotidiana, los cotilleos de sus vecinos, lo embarazoso de la situación ante lo imprevisto y no pretendido, lo que va desgranando el desenlace de la historia (recuerda a Mr. Deeds goes to town de Frank Capra o la novela Heaven´s my destination de Thorton Wilder).
Ldo. Francisco Javier Alex Guzmán