THEOPHILUS NORTH

Prescripción tributaria, ¿qué ocurre si el día final del cómputo es inhábil?
30 abril, 2024
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            Cuando aparecía siempre empezaban a ocurrir cosas extrañas, sin embargo lo primero que hizo cuando llegó a Newport en el verano de 1926 no podía parecer más normal o cuando menos, prosaico, intentar ganarse la vida. Publicó un anuncio en el periódico «Joven profesor recién titulado en la universidad de Yale se ofrece como tutor de francés, inglés o latín». Y pronto empezaron a surgir las ofertas, al comienzo como piedrecitas en el zapato, no muy sugerentes, adolescentes con la energía descarrilada comprensiblemente reacios a la insoslayable sabiduría, no hay enseñanza eficaz si no se descubre y estimula la fibra, el anhelo más íntimo e insobornable del alumno, que será su vocación y el destino, no siempre desvelado, tristemente; luego más interesantes, lecturas a ricos ancianos como el honorable diplomático McHenry Bosworth que liberado de los centinelas de la muerte en su mansión de Nueve Tejados pareció revivir a las delicias de la conversación y al regocijo intelectual con la lectura de Gibbon, Berkeley o Swift, un entusiasmo renacido que le hará concebir los más excéntricos proyectos… no obstante se debe rehuir del peligro de favoritismo so pena de convertirse en un embaucador;  o enseñando alemán a un aviador veterano de la Gran Guerra, su amigo de infancia Nicholas Van Winkle, deseoso de compartir sus vivencias de batallas aéreas con antiguos enemigos, una forma de reencontrarse asimismo, a su alma quebrantada por una existencia anodina y cansada de la displicencia ajena le era imposible olvidar la muerte heroica de los camaradas que nunca volvieron, (Homero y Ford no enseñaron cómo sobrevivir a la grandeza); o actuando como Pigmalión de Mrs Grandberry, Myra, quien se metamorfoseará de una indocta, presuntuosa y ociosa joven esposa en una dama «emancipada» llena de recursos, no dudando desde entonces en encarnar, según las circunstancias y para asombro de los demás, los más variados tipos de mujer, en un delicioso ejercicio de liberación de su feminidad, de Daisy Miller a Jane Eire pasando de Emma, Elisabeth Bennet a la mismísimas Cordelia o Porcia, ¿acaso no son personajes reales los que la imaginación crea para enfrentarse en la vida … o frente a la abulia de un marido?, hombre de mundo al que la fortuna le ha deparado mayores ventajas de las merecidas; suele ocurrir con frecuencia que la incorrecta relación con la realidad confluya en una vida mal planteada, destruyendo el hogar que se desea conservar.

            Pronto el joven profesor estará desbordado, recibirá las más extrañas peticiones de todo tipo de personajes, todos habitantes de las nueve ciudades de Newport, que son las mismas que conforman todas las urbes que se precian de serlo, los barrios señoriales con los acaudalados próceres y sus suntuosas villas y los palacetes de las «aristocráticas» familias de los tiempos pasados, aquí los descendientes de los pioneros del siglo XVIII, aquellos a quien canta el poeta Longfellow; la ciudad militar en la base naval de bahía de Narragansett  con las novias y esposas de los marineros siempre esperando, algunos no vuelven y otros se disfrazan en zozobras o alcohol alargando su regreso por temor a la normalidad, como Odiseo dando alas a los pretendientes de Penélope. En el restaurante de Mama Carlota, Alice «gira las ruedecillas» pensando, un tanto temerosa de la vuelta de su atrabiliario marinero, pero sobre todo anhelante del hijo que ya no espera pero tendrá….   Theophilus deshace entuertos inmiscuyéndose a su pesar en las vidas ajenas al haber descubierto que no hay otra manera de afrontarla sino sumergiéndose en los anhelos, los sueños y aspiraciones de los demás, en sus angustias o pesares, entreviendo sus rostros, adivinando sus caracteres atisbando en sus biografías, para dar con la clave que otorga sentido a sus vidas, y no por presunción, sino por el impulso generoso de ser útil a los demás, cuando el deseo de algo y la oportunidad de conseguirlo confluyen y las circunstancias cooperan…  Se trata de ahuyentar dragones, ayudando a extraer perniciosas ideas de nuestras dislocadas cabezas. Es un Quijote moderno sin su extravío, consciente, como nos enseñó Cervantes, que solo el humor nos rescata del riesgo de contagiarnos del desatino, del ajeno y del nuestro….

            Ayudará a Mino a deshacerse de una invalidez enervante con el espíritu del Dante ejerciendo sus múltiples habilidades escondidas y elevando a Dios la súplica de Virgilio «Dame el alimento ya que me has dado el apetito», no debe precipitarse pero sin la compañía de Agnesa, también víctima del destino, su vida se resentiria en la soledad del genio;  Theophilus se turbará al conocer la vocación religiosa de la dulce e inteligente Eloise Fenwick; ¿no podrías expresar tu gratitud a Dios viviendo fuera de las órdenes religiosas?… al final se despegará del amor a su familia, y la amistad para abarcarnos a todos en una gran ofrenda que no podía comprender… y El, así debe ser, le mostrará qué debe hacer… Y a veces resulta difícil evitar a los desconsolados, personas excesivamente sensibles incapaces de afrontar las exigencias de la vida práctica, de ahí que hay que salvar a Elbert Hughes sobre todo de sí mismo y de las inclinaciones lúgubres de su mente encauzando su talento a valores estéticos más estimables y menos luctuosos.

            Theophilus North pertenece a un mundo desligado de las ataduras del poder y la ambición y libre del desconsuelo de la necesidad extrema y la pobreza, la vieja clase media protestante americana sencilla pero orgullosa de sus valores y de sus logros a base de exigencia y trabajo…médicos, profesores, periodistas, clérigos, abogados de pequeños despachos, empleados, profesionales, comerciantes… un grupo de gente quizá ya en extinción… han perdido sus convicciones pero late en su sangre la tradición que los hizo fuertes. El hombre medio del sueño americano que prospera… que aspira a la riqueza del millonario pero que no siempre quiere lograr; los ricos demasiadas veces hacen cosas extrañas, demasiados hombres (y mujeres cómo no), fronterizos, excesivos, vidas disipadas o presuntuosas al borde del desequilibrio, como la historia que nos cuenta del acaudalado Archer Tennyson víctima de una muerte absurda jugando a la ruleta rusa en una apuesta y dejando además una viuda … la adorable y enigmática Persis Tennyson. Las personas dotadas de una fortuna, enorme y heredada, temen perder lo que el destino les ha deparado, desconfiados y abrumados por una responsabilidad que no terminan de asumir, percibiendo a los demás como si siempre estuvieran movidos por interés, en parte no sin razón. Pero nadie está libre de la incertidumbre de la vida si asumimos que las materiales no son las únicas necesidades y angustias del hombre actual … y de todos los tiempos.

            Las peripecias se suceden. Flora Deland, una periodista del cotilleo, vivaz y seductora, practica un periodismo que tergiversa la verdad, la maledicencia como medio para crear noticias y llamar la atención del público, cínica e indiferente frente al daño ajeno. Al contrario que North que huye del prosaísmo, sin necesidad de valerse del desgaste y la degradación del prójimo para hacerse o creerse mejor. El joven profesor, con sus dotes de sugestión, se ganará su aprecio, interesadamente, y se servirá de su máquina de la murmuración para acabar con la oscura historia de fantasmas que perturba a la señora Wyncroft y la mansión embrujada de la Avenida Bellevue. La mejor manera de combatir la magia negra es con magia blanca, aunque una y otra se nutran de fantasía, las maneras ciertamente son distintas.  Leyendas de noches misteriosas con festines, orgías y hasta canibalismo son motivo de chismes y habladurías en toda la comarca y desde hace años nadie se atreve a internarse en el viejo palacete, no hay quien asuma el riesgo de trabajar allí. Las imaginaciones excitables obran milagros y son capaces de destrozar la reputación de cualquiera. North ejerce aquí su vocación de detective (otra de sus deseadas trayectorias), y con la ayuda del jefe de policía Diefendorf y horas interminables leyendo el epistolario del viejo expedicionario marino Wycroft, (antiguo dueño de la propiedad y autor de una enigmática carta de 11 de marzo de 1911 sobre el «infame asunto», que nos dará la solución del enigma), y con la inestimable e involuntaria complicidad de la periodista, deshace una vez más las injurias vertidas sobre esta familia; los espectros se desvanecen ante la más prosaica realidad. El servicio a veces se «insubordina», un procaz mayordomo, llamado Harlam, adoptó la insidiosa costumbre de invitar a compadres desaprensivos aprovechando las temporadas de ausencia de sus patrones. ¿Y qué mejor para espantar los fantasmas y restaurar el prestigio de la mansión de la Avenida Bellevue que rememorar su arquitectura heredada de Palladio, las cautivadoras veladas musicales con Pederecky y la soprano Madame Nellie Melba, los motetes de Bach y el gran Thomas Alva Edison como anfitrión junto con la  «hermana Colomba», con fama de santa, viviendo entre sus paredes?. A partir de ahora turistas de todo el país se afanarán por visitar la mansión…

            Existe un mundo aparte, y peculiar, en Newport. Tiene sus códigos secretos, un lenguaje con signos que solo ellos pueden descifrar; un gesto imperceptible, una leve presión de mano, una mirada; como en todo círculo cerrado se ayudan y se defienden entre ellos y en particular desconfían de los advenedizos, tienen sus jerarquías y los veteranos imponen su antigüedad y experiencia.  No aceptan los abusos o la intemperancia de sus patrones y tienen medios muy sutiles para combatirlos, al fin y al cabo ellos manejan la información y conocen los deslices, los defectos y los vicios de sus vidas. No hay nada que no sepan, pero nada hay más indigno que la indiscreción… un compromiso larvado en la propia dignidad de su función.   La séptima ciudad es la de los sirvientes, los mayordomos, doncellas o empleados de servicio. La conciencia social de la provincia de Newport en los años veinte es superior a la de Versalles del siglo XVIII. Theophilus se siente bien entre ellos y se valdrá de sus ocultas habilidades cuando las necesite para deshacer las complicaciones en que se ve envuelto, sus mejores recuerdos brotarán de este círculo, la perspicaz señora Cranston, el pícaro y afable Henry Simmons enamorado de la misteriosa, etérea y encantadora Edweena … una vez perdida la dicha soñada, ya no volverá, mudada en un dulce y triste sueño… añorada Toinette ¡¡… le quedarán los dioses antiguos que no han muerto y deambulan entre nosotros, como personajes errantes llenos de dignidad pero desprovistos de gloria, sin sus atributos y poderes, soñando con una grandeza perdida bajo una inefable melancolía.

            Pero la vida social desmesurada, gregaria y fragmentada puede provocar agotamiento nervioso o peor la despersonalización y pérdida de la autenticidad; el joven North se refugiará poco a poco a la soledad de su mundo, viviendo imaginativamente las vidas distintas a la suya. Servir de voz a los demás mediante la creación es la responsabilidad del artista. El lenguaje de los sueños pervive más allá de la vigilia, sin caer en el olvido. Su amigo Dexter al descubrir sus diarios le comenta: «tiene usted un don para este tipo de cosas ¿ha pensado hacerse escritor?. ¿No fue está la razón por la que abandonándolo todo arribó a Newport? ¿O fue para reencontrarse con Edweena es decir con Toinette?. Sea como fuere Theophilus North ha descubierto su verdadera y única vocación, y su destino.

            «Este libro va acerca del impulso humano de resultar útil, de la compasión y del amor desinteresado (escribió Thorton Wilder en una carta el 3 de noviembre de 1973 a sus amigos Helen y Jacob Bleibtreu recién publicado el libro), …espero que lo encontréis en ocasiones divertido y gracioso, también, pero bajo la superficie se revela la seriedad de la vida a medida que el libro avanza». William James, que también vivió en Newport, solía disuadir a sus alumnos para que huyeran de la «abyecta verdad», la que uno se crea a su medida. Thorton Wilder al escribir la novela Theophilus North no quiso hacer un retrato pintoresco y social de la época ni siquiera en particular de la ciudad de Newport, La crítica literaria tildó el libro como una divertida y delirante farsa de la sociedad decadente de los años veinte, debieron leer otro libro… La novela Theophilus North es mucho más, como cualquier clásico, es un esfuerzo literario en busca de la autenticidad con la que afrontamos o no nuestro destino individual. Por ello la novela no trata del hombre o la mujer en general o en abstracto, tampoco hace un análisis de los problemas sociales que minan la convivencia, de hecho no aparece ni un solo político o dirigente; es una novela de personas concretas, individuales irreductibles a las demás y al mismo Dios, los personajes no podrían encarnarse en  cualquiera de nosotros sino aquel cuya vida pueda dar razón de sí misma, en otro caso no sería novela, no seríamos inteligibles.

            La novela está repleta de claves biográficas y vitales del escritor Thorton Wilder, en dos esferas diferenciables; en la traslación al protagonista de experiencias biográficas propias reales y vividas en su niñez y juventud, recordemos que la novela narra apenas cuatro meses de un verano de la vida del joven North con 29 años; y por otra parte, una recreación imaginativa de eventuales trayectorias vitales pensadas, deseadas, realizadas o no (sorprendentemente parece que sí la mayor parte) y protagonizadas por el propio autor de la obra durante toda su vida. El mismo nos dio una pista en este sentido si pensamos que dedicó bastante tiempo, años, al estudio de Lope de Vega tratando de situar cronológicamente las miles de obras de teatro escritas y en función de las vivencias personales del maestro español atisbadas en los propios lances de los personajes. Thorton Wilder hizo algo parecido con su propia vida en su primera novela La Cábala y en la última en Theophilus North.

            Empecemos por el nombre Theophilus, «amigo de Dios», como reconoció el propio autor fue el nombre con el que bautizaron a su hermano gemelo muerto al nacer, amor filial, sombra e inquietud, cuya vía de escape transmutó en la literatura (y explícitamente en la historia de Esteban y Manuel, los gemelos de su novela El Puente de San Luis Rey). A su vez el apellido North de su protagonista es un anagrama reducido del nombre del novelista, Thorton. Los dos pasaron parte de su infancia en China, el escritor casi tres años en dos periodos primero en Hong Kong con nueve años y con catorce en Shanghai, acompañando a su padre como cónsul americano (igualmente el padre del personaje). Era la época de las misiones cristianas de los puritanos en Oriente que compartían destino con los intereses más espúreos de las compañías mercantiles de las grandes potencias; la aventura acabó no solo por el desorden y desconcierto causado en la primera revolución que acabó con la dinastía Manchú en 1911, sino por el excesivo celo del cónsul Wilder por proteger a los intereses de las misiones frente a las autoridades chinas y quizá, más aún, por sus singulares veladas consulares «sin una gota de alcohol», nada al gusto de los agentes comerciales americanos allí desplazados poco dados a la abstinencia (estamos todavía en la era pre-prohibición). Pero además, antes de ejercer como cónsul, el padre fue editor del periódico Wisconsin State Journal (también el padre de Theophilus). La trayectoria académica también presenta coincidencias con estancias en California, Berkeley High School, Thatcher Shool y en Oberlin en Ohio (1913) por el joven Wilder, y sobre todo más tarde con los estudios universitarios, Theophilus y Thorton son hombres de Yale. De sus vivencias en China ya vislumbramos la rasgos del futuro escritor, su talante efusivo e ilusionado ante la vida, el apoyo y la complicidad ante cualquier experiencia vital por angustiosa que resulte, el amor a la literatura y la música, con doce años ya leía a Shakespeare, Sófocles, Eurípides, Esquilo, Charles Dickens, Kipling, Tomas de Kempis y por supuesto la Biblia, y en los idiomas originales francés, alemán, latín y griego, más tarde también  español, tocaba violín y piano; además su curiosidad y espíritu de apertura hacia otras culturas distinta a la occidental, sus formas de vida, usos y las creencias y la emoción, “cuchillos de alegría penetraban en su corazón” cuando contemplaba el Mar Amarillo desde una colina en Chefoo, (actualmente Tantay).

            Los dos sirvieron en Fort Adams durante la Gran Guerra, y en el mismo 1º Cuerpo de Artillería de Costa, de la bahía de Narrangesset, Thorton Wilder fue licenciado antes de ser enviado a Europa. Con apenas veintitrés años en 1920 vivió en Roma durante una larga temporada, trabajando en las expediciones arqueológicas de la Academia Americana de Roma (fue también alumno del explorador Hiram Bingham III descubridor del Machu Pichu en Perú). En una carta escrita el 14 de octubre de 1921 revela una experiencia que le marcó su vida, el hallazgo de una tumba de la antigua Roma, la familia Aurelius al completo, algo debió tocar las fibras del joven Wilder, desde entonces la búsqueda de sentido de la existencia, (¿qué hacemos aquí? ¿cuál es destino del hombre?), recorrerá toda su obra. La memoria, la historia, el revivir vidas pasadas y las aspiraciones perennes de los que vivieron otros tiempos será tema recurrente en sus libros. «Un millón de personas deben haber pasado por ahí… sonriendo… preocupadas… haciendo proyectos… lamentándose. Desde entonces, no fui el mismo», relata esta vez North, la presión del tiempo se desvanece; los detalles triviales de la vida humana se repiten siempre porque «hay algo que no ha cambiado mucho: ¡la gente!». Las épocas históricas se superponen en un constante fluir, las revivimos en la nuestra, los pensamientos y los actos de nuestros antepasados nos persiguen en nuestros sueños… y a veces no nos dejan dormir…¡¡¡.

            Thorton Wilder terminó su novela Theophilus North en abril de 1973, fue su última novela y su testamento literario, tenía setenta y cinco años, moriría dos años después el 7 de diciembre de 1975 en su casa de Hamden, New Haven en Connecticut («The house the Bridge built»).  Fue uno de los escritores americanos más originales e imaginativos del siglo XX; tuvo éxito siendo muy joven con su primera novela «La cábala» (1926) retratando sus experiencias en la fascinante sociedad romana, con evidentes tintes biográficos, ganó su primer Pulitzer con apenas veintinueve años con la novela El puente de San Luis Rey (1928) y el segundo diez años después en 1938 con la genial obra de teatro «Nuestra Ciudad». Su éxito temprano le permitió vivir con holgura, no en sentido económico sino vital, dedicó su vida a viajar, a su actividad docente y a investigar sobre literatura, filosofía, la historia, la vida…, coincidió con los mejores escritores y artistas del cine, teatro y música del siglo XX ganándose el respeto y aprecio de todos ellos. Baste unos ejemplos; vivió en el Paris de los años 20 coincidiendo con Alexander Wolcott, Scott Fitzgerald y Hemingway con el compartió su apartamento durante meses mientras ambos escribían en la Rue 29 de Paris en 1927, antes ya había conocido a James Joyce y a la editora de su «Ulises», Sylvia Plath, con su librería en la Rue de lÓdeon, cuando nadie quería saber nada de ese libro; en Nueva York colaboró en sus inicios con The Lab (1923), el taller de teatro de Stanislavski y Boleskovski creadores del «método», y en Irlanda en su estancia en agosto de 1933 descubrió a un joven actor de 16 años, Orson Welles, al que dio una carta de recomendación para trabajar en Nueva York (poco después vendría su mítica Guerra de los Mundos), se reunió con Freud el 14 de octubre de 1935 en Grinzing (Viena) conversando sobre religión, «no es un ilusión..», comenta, «es una realidad histórica», «¿por qué preguntarse por Dios? … cuando mejor vivir entre los ciudadanos haciendo el bien…», otra pregunta sin respuesta; en 1949 coincidió en Aspern (Colorado) con José Ortega y Gasset en el Bicentenario de Goethe al que ambos admiraban junto con Ernst Curtius, el español será uno de los filósofos elegidos para formar parte en la Atenas de Newport, el malogrado proyecto de Academia promovido por el potentado y excéntrico señor Bosworth en la novela Theohilus North junto con Unamuno, Alfred N. Whitehead, Bertrand Rusell, Henry Bergson,  Benedetto Croce, Gentile y Wittgestein; un poco antes en 1942 colaboró con Hitchcock en el guión de «Una sombra de una duda»; a su vez adoraba la música, conoció y trató a Alma Mahler y mientras fue profesor en la universidad de Chicago eran famosas las veladas musicales con Arthur Rubistein, Vladimir Horowitz y George Gerswin, aunque no parece que se entendiera en 1964 con Leonard Berstein cuando intentó hacer una ópera con The Skin of our teeth.

            Su obra no fue prolífica, … (aunque ésto en realidad no es cierto escribía constantemente, diarios, anotaciones, estudios, reflexiones, cartas… tan fascinantes como su obra literaria), … posiblemente porque solo publicaba aquello que deseaba  y nada más, así la bellísima y poética recreación de la antigua Grecia en la «Mujer de Andros» (1930); la incomprendida y genial «Heaven is my destinatation» (1935), cómo ser o no ser cristiano en un mundo moderno (que estuvo a punto de ser llevada al cine por ¿cómo no? Frank Capra con Gary Cooper); y la obra maestra «Los idus de marzo» (1948), posiblemente la mejor novela histórica de todos los tiempos, como reiteró Julián Marías en sus ya míticas Terceras del ABC. Su obra dramática alcanzó su cenit con «The long Christmas Dinner» (1931) y «The skind of our teeth» (1942), el destino de la humanidad se encarna en vidas concretas e individuales sin poder evitar la zozobra ante la incertidumbre sobre la perdurabilidad tras la muerte. Antes de «Theophilus North» escribió «El octavo día» (1957), su novela quizá más compleja, y por último, no necesariamente menor, su alegre obra de teatro «La casamentera» reelaborada en 1955 de otra anterior «The merchant of Yonker» y llevada al cine de una manera portentosa y con alegría contagiosa por Gene Kelly en 1969 como «Hello, Dolly¡».

           Tras su publicación Thorton Wilder concibió una segunda parte de la novela Theophilus North como una especie de Zen-Detective, un investigador, continuando la línea del solucionador de entuertos de la precedente, y parece que escribió un borrador pero en todo caso falleció antes de terminarlo. No sabemos cómo hubiera sido el maduro o el viejo North, y muy probable que aún viva … Pero siempre nos quedará su extraña habilidad taumatúrgica para relacionarse con las personas y la capacidad de encontrar respuestas adecuadas a preguntas sin solución. Las grandes obras literarias o artísticas tienen la capacidad de atraernos a lo desconocido, llevarnos al precipicio, extraviarnos en un laberinto o sumergirnos en un mar embravecido y oscuro, pero al final alguien nos saca, nos rescata cuando ya no nos quedan las fuerzas… ¿Qué contestar a una niña (la adorable Elspeth Skeel) cuando pregunta por qué suceden las cosas terribles de la vida, por qué mueren los animales, las personas? ¿Por qué existimos y no la nada? ¿No ama Dios al mundo?…. o a una viejecita, postrada ya en la cama y consumida por los años, «¿por qué Dios no me deja morir?. Hay asuntos que deben tratarse más adelante…» encontrarás respuesta, basta ahora con la pregunta dulce niña, dulce Liselotte, … el tiempo de Dios es el mejor momento…

 

Pd: En 1988 se estrenó una película Mr. North basada en la novela y con guión nada menos de John Huston, dirigida por su hijo Danny Huston. Está protagonizada entre otros por Angelica Huston (una de los problemas de la película) , Anthony Edwards y Robert Mitchum.  Está bien y es divertida, la trama recoge algunos de los episodios (novelles) del libro original pero se olvida de la mayoría, no aparecen personajes claves para comprender la historia  y se inventa cosas tergiversando incluso el destino de los personajes, no tiene la gracia, la melancolía y la profundidad del libro. Aún así merece la pena verla … es más fácil acceder a la película que a la novela, imposible de conseguir traducida al castellano en las librerías desde hace décadas, como gran parte de los libros de Thorton Wilder, incomprensible dada su enorme calidad y la trivialidad de lo que estamos acostumbrados a ver publicado.

            Ldo. Francisco Javier Alex Guzmán.

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