Hilastérion … y las dos espadas
1 abril, 2026
La técnica se impone, resulta inevitable y no se puede renunciar a su utilización. Hacerlo significaría no solo quedarse atrás sino ser un poco menos humano. Esto resulta paradójico pero en la medida en que no se vuelva contra el hombre cualquier avance tecnológico implica una dilatación de las posibilidades humanas, bien porque nos permite superar nuestras limitaciones naturales bien expandirlas.
Al hombre le sucede vivir en una estructura corpórea determinada a través de la cual percibe el mundo que le circunda con el que interactúa obligándole a adoptar posición, tomar decisiones y elegir desde una perspectiva en un lugar y tiempo concreto, con un pasado que condiciona y un futuro que le obliga a anticiparse.
Comparte el mundo con otros seres y entre los humanos rostros que anticipan una intimidad similar a la suya, no una mera apariencia. El ser que nos habla y responde anuncia un hombre o una mujer, en cuya existencia percibimos y creemos como similar a la nuestra, compartiendo la dignidad de nuestro ser… algo más que sujeto parlante con atributos expresivos y emocionales.
Mientras vivimos esta realidad se nos escapa; la altura de los tiempos jerarquiza las estimaciones y pretensiones humanas, cosas que creíamos necesarias ya no lo son o simplemente creemos que no lo son, y aquello que solo era posible se torna ahora plenamente real. El tiempo ni vuelve ni tropieza. La vida de cada persona, y el mundo con ella, transcurre haciéndose incesantemente. El resultado es incierto, ¿qué va a ser de mi?, ¿del prójimo? ¿de los seres queridos?, ¿quién soy yo y el otro? y la pregunta esencial e improcedente de siempre, de todos los tiempos … ¿por qué este mundo y no la nada?. El hombre no puede dejar de hacer y cuestionarse.
Este esquema nos permite asentar un punto de partida. El hombre es un animal con vida humana y como tal le ha acontecido tener una estructura corpórea, psicofísica y biológica, a través de cuyos sentidos se hace transparente el mundo exterior, dotado de unas facultades singulares como la memoria e imaginación donde la razón humana aprehende las conexiones del mundo y la circunstancia que le rodea. Desde esa estructura corpórea el hombre se mueve, percibe y razona (podría haber sido otra como los hobbits, los aliens, los avatares… o los ángeles), pero es la que hay.
Nos llevaría lejos articular la estructura empírica y analítica de la vida humana (hay pensadores excelsos que ya lo han hecho, véase bibliografía), pero hay componentes que no podemos eludir cuando pretendemos definir el alcance de la influencia de la técnica en la vida humana.
Aristóteles decía que “difiere mucho la vida de los hombres”, las expectativas de unos y otros son distintas, las cosas toman un sesgo diferente según la orientación concreta de la persona individual cuando toma una decisión. Baruc Spinoza aludía a ello cuando mencionaba la “cupiditas” o el “deseo” como elemento fontanal inspirador de la vida particular, esencia de la personalidad de cada hombre y mujer; las principios, las estimaciones y pretensiones que nos mueven a cada uno de nosotros (independientes de los valores comunes de la colectividad). Las cosas, la circunstancia vital, la vida va tomando un sesgo diferente de manera que se actualiza, se ejecuta en una múltiple variedad donde los ingredientes psicofísicos y biológicos de cada individuo son solo el sustrato no determinante de un maremágnum de proyectos, anticipaciones, recuerdos, tensiones, privaciones, esperanzas e ilusiones del acontecer en el día a día que conforma el relato de su vida.
Hay otro factor que nos mueve y orienta; es la voluntad. Siguiendo a Pfänder la decisión que tomamos está en nuestras manos, tras la deliberación tenemos que hacerla posible, centrados en cada acto que hay que ejecutar y dispuestos a hacer todo lo necesario para conseguirlo, la voluntad es así, un movimiento dirigido hacia ese algo determinado que deseamos y necesitamos. Ese conjunto de estimaciones y pretensiones un tanto etéreos que conforma el fondo íntimo de la persona, la fantasía, nuestra imaginación, todo ello define nuestra personalidad, las opciones múltiples de posibilidades que vislumbramos; sin embargo es la voluntad la que ejecuta finalmente eso que queremos ser o hacer, imaginación y voluntad son las dos caras de una misma moneda.
Ese mundo que nos rodea, el conjunto variado de impresiones donde se alojan las cosas que nos circundan en sentido más amplio posible (el sol, las nubes, el paisaje, las personas, los acontecimientos, los gobiernos, las matemáticas etc), todo lo que está fuera de nosotros, eso debe ser previamente percibido, sentido y razonado en perspectiva desde nuestro fondo más íntimo, haciéndose transparente con la aprehensión de todos los elementos que lo componen en conexión en tiempo y lugar, desde la vida de cada cual y en la perspectiva histórica del conjunto de los hombres como colectividad (en la altura de los tiempos que nos situemos), configurando así un mundo interpretado, una teoría de la realidad que bien recibimos más o menos complacidos, más o menos conscientes, o bien debemos afrontar en nuestra soledad y combatir si nos resulta hostil.
Podemos ahora quizá aproximarnos mejor al concepto de la técnica como una reacción ante la limitación que la naturaleza, el mundo circundante, impone al hombre u no solo para satisfacer sus necesidades sino también lograr sus pretensiones más variadas. Se trata de instrumento de expansión y dilatación de las posibilidades humanas, un nuevo horizonte que se abre a lo que cada hombre y mujer desee ser, elegir y hacer con su vida y condicionado por el modo en que le ha acontecido desarrollar esa vida humana con una estructura empírica determinada, corporal y mundana, tal y como la conocemos en nuestro mundo.
La técnica es una habilidad humana. No tiene sentido concebirla de manera autónoma con una sustancialidad propia e independiente del hombre. Más allá de las consecuencias que podamos extraer de una eventual extralimitación que derive en un transhumanismo o posthumanismo, que en su palabra ya lleva su aliento, de manera que en su implementación más o menos afortunada pudiera transformar los condicionamientos antropológicos de la estructura empírica humana, biológica, fisiológica o psíquicamente. Ya hemos indicado que la vida humana trasciende las potencias congénitas, físicas, genéticas o biológicas que posibilitan su ejercicio.
La técnica es un instrumento a través de cual el hombre transforma o reforma la circunstancia en función de la satisfacción de sus necesidades o el logro de sus objetivos. La naturaleza surge como un obstáculo, un elemento hostil que condiciona o limita el hacer humano; y el hombre debe imponerse creando una sobrenaturaleza sometiéndola a su control. Podríamos analizar uno a uno los grandes descubrimientos técnicos y científicos y tendríamos un cuadro de sometimiento de la naturaleza y/o circunstancia a la inteligencia humana; en un devenir de resultados de alcance siempre imprevisible cualquiera que sea la posición crítica que adoptemos.
La Inteligencia Artificial, como técnica, tiene además un componente suigéneris, si bien consiste en múltiples conexiones electrónicas ejecutándose en procesadores y chips de última generación donde fluyen los cálculos algorítmicos que ordenan la infinitud de datos que se alojan en los enormes almacenes físicos, ya sean servidores o memorias; no puede funcionar o no tiene sentido que lo haga al margen de la persona/s humana que la piensa o utiliza; por muy automatizada en que se articule su desarrollo. La IA no deja de ser un NOUS (mente) alojada en algún momento de su procesamiento, física y no virtualmente, en la percepción o visión mental del hombre concreto que la tiene presente y reclama. Siguiendo a Parménides, todo está en función de la visión mental del hombre que piensa y concibe el ser; la IA no puede escapar de un destino humano; aunque Hal 9000 hubiera, hipotéticamente, asesinado también al comandante Dave (en 2001 Una Odisea Espacial), librándose al final de los humanos, su recuerdo más íntimo también hubiera terminado siendo humano, eternamente cantando a Daisy…).
La electrónica con la implementación de los modelos y/o agentes de Inteligencia Artificial ha supuesto un salto, un cambio a un orden de magnitud superior de efectos todavía insospechados pero toda técnica tiene su razón de ser en la antropología humana y así ocurre con la IA; desde esa perspectiva podemos analizar cuáles son los efectos y sus mayores riesgos:
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Memoria infinita. Los datos dejan de ser limitados, la disponibilidad de información de todo tipo está al alcance de cualquier persona hasta el punto de originarse un problema de alojamiento y almacenamiento pero no el manejo de una “información latente” inconmensurable que como una cuasi-naturaleza resulta accesible de manera instantánea a voluntad del sujeto.
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Presencia virtual. En principio no hay intermediarios entre todos los datos posibles y la conciencia del sujeto que hace uso de ellos en su intimidad donde el mundo irreal de la información latente se actualiza en el acto de pensar ejecutándose con la ayuda instrumental de la IA. El único intermediario físico es la conciencia que razona, todavía como un humano.
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Alteración de las formas de convivencia. Se sustantiva el instrumento técnico que lo posibilita el conocimiento, como un sistema global de tratamiento de datos, el cual se superpone al humano que corre el riesgo de ser secundario; el profesor o académico que enseña, que orienta o que traslada sus conocimientos resulta cuando menos prescindible. El razonar humano queda condicionado y limitado a aquellas cuestiones que pueden ser concebidas por la máquina o la computadora con el consiguiente reduccionismo. Se mutilan los problemas o las respuestas; lo que no pueda tratar o generar la IA dejar de existir, con las consecuencias inexorables para lo que se entendía como educación.
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El tiempo se expande. Se abren posibilidades enormes para el tiempo personal frente al tiempo necesario y productivo. El ahorro de tiempo en tareas repetitivas y simples reduce el esfuerzo humano y encauza su actividad a tareas felicitarias y personales, creativas y propiamente humanas; salvo que parezcan inútiles o innecesarias.
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Nuevas capacidades y actividades humanas. La IA sustituye al hombre en cuanto permite hacer más actividades en menos tiempo, eliminando la necesidad de actividad humana cuando puede hacerse desde el mundo digital. Pero la técnica siempre ha deparado sorpresas, y la sustitución de tareas puede conllevar el crecimiento de otras operaciones humanas hasta ahora inanes o poco rentables, cuyo valor humano puede ahora ser enaltecido, pero supondría el cambio de paradigma hegemónico del sistema de producción de maximización de beneficios.
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Atomizar datos no es pensar. La IA artificial hace funcionar los datos en una estructura lógica tras un arduo proceso de entrenamiento, de ensayo y error. La coherencia del sistema depende de un funcionamiento continuo de deconstrucción y reconstrucción algorítmica del lenguaje natural compuesto por cadena de palabras y oraciones seccionadas en tokens, cuyo puzle va cobrando sentido tras un proceso incesante de validación. El contenido del mensaje o respuesta no es más y no es poco que un resultado refrendado por la coherencia de un lenguaje, extraído tras un aprendizaje de un laberinto de palabras en textos ya elaborados y usados previamente. ¿ Y quién corrige la alucinación de un problema mal planteado cuando se ignora la respuesta correcta?. La conexión así articulada finalmente compone una figura coherente, pero el único que entiende de aquello que trata en origen y destino no deja de ser un humano.
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Reduccionismo del modelo matemático. El método o modelo utilizado por la IA es matemático, el simbolismo y el manejo de una realidad traducida en signos es la razón de su éxito, pero el modelo mental humano de pensar no solo es científico, la razón vital es narrativa y avanza sobre una realidad imaginada no existente, que interpela a proyectarse a futuro, donde la máquina no alcanza, (más allá del transhumanismo en ciernes). Se produce un angostamiento de la problematicidad si se obliga a pensar según el modo de planteamiento de los problemas o las cuestiones que permite la máquina, no obstante su ávido perfeccionamiento.
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Omnisciencia. Cuanto mayor cuantificación de los datos más convincente resulta la creencia de conocer todo lo que hay que saber, creando un ilusión de conocimiento. La pretensión de precisión se limita a contentarse con una inmersión en datos que condiciona el hilo del pensamiento. El discurrir libre no requiere atadura previa de datos al que necesariamente acudir, la voluntad humana podría negarse a usar los patrones IA aún así no podría evitar pensar en el mismo acto de eludir su uso.
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Efecto Big Brother. Vivimos bajo continua observación. La vida se convierte en un reflejo algorítmico, con datos múltiples registrados sin control o retenidos en una apariencia que no siempre ofrece seguridad ni protección. La Inteligencia Artificial fosiliza la vida en un bombardeo apabullante de datos simulando codificar la vida cuando ni siquiera un código genético puede alumbrar el desarrollo pleno de una vida consumada.
Ldo. F. Javier Alex Guzmán